Su mensaje
El Padre Battistella fue un testigo claro y coherente del Evangelio, y esto tiene valores y resonancias que hablan a los hombres de hoy. Muchos aspectos de su vida, incluso, lo hacen percibir como “sintonizado” con la sensibilidad y las preferencias de la Iglesia contemporánea.
Fue un hombre interiormente modelado por el amor e identificó su papel como el de “facilitador” de la relación personal con Dios. Lejos de toda tentación autorreferencial, buscó ser un “amigo del Esposo”, que se alegra por cada encuentro entre Dios y los hermanos. Le interesaba iniciar caminos de salvación y no gestionar el poder, sembrar generosamente el bien sin reivindicar derechos sobre los frutos.
Su herencia fue la espiritualidad de la “levadura”, que no teme desaparecer en la masa, sino que se preocupa por su crecimiento y su elevación.
Un hombre sin prejuicios, con el corazón abierto, con los ojos de un niño. Un “pequeño sacerdote”, orientado hacia las periferias existenciales, lleno de empatía hacia las ovejas heridas, que se siente a gusto en la casa de los pobres. Un pastor que escucha, que acoge y que —en la medida en que puede, con la ayuda de la gracia— se hace cargo de todos.
Resulta fascinante, en esta persona discreta y sonriente, el entusiasmo con el que ama la vida y se compromete a hacerla crecer en armonía y autenticidad. El Padre Battistella nos indica un estilo de santidad que la humanidad de hoy, caracterizada por una conciencia fragmentada y una interioridad dividida y dolorida, necesita particularmente: la armonía consigo mismo, con la naturaleza y con los demás, una armonía que es elegancia y que desprende buen perfume, una armonía fundada en un amor tierno y apasionado por su Señor. No estaba ciertamente obsesionado por el perfeccionismo ni por la ansiedad del rendimiento (ligada al deber de dar siempre y en todas partes el buen ejemplo o ser un modelo), sino que era santo con naturalidad, como si la santidad fuera un traje hecho a medida para su cuerpo y llevado con agrado, un don graciosísimo.
Y esto proponía también a los demás: el placer y el gusto de “estar” con el Señor, en un coloquio realizado con medios sencillos y al alcance de todos, el “teléfono eucarístico”, un diálogo interior con el Amigo que todo lo comprende y que nunca abandona. Una santidad compartida, como un buen pan perfumado para comer juntos en la misma mesa, en la alegría.
Santidad como camino fraterno, como gozosa compartición de la subida hacia la meta. Se puede decir que Battistella encarnó lo que Frassinetti dice sobre la santidad: que es algo “fácil” y bello. Su vida recuerda lo que Juan Crisóstomo sugería a los candidatos al bautismo: hacer la virtud “sin esfuerzo”.
Un sacerdote que agradaría al Papa Francisco y que cada uno de nosotros querría encontrar en la puerta de al lado, para comenzar el día con buen humor y alegría.